El Encuentro

4 08 2007

Aquí estoy, aprovechando la wifi de lo que se conoce como culo del mundo, más concretamente hotel Kristineberg -por escrito, ya que en sueco hablado no se entiende nada parecido-. Y desde que me he asomado por la ventana del avión para ver el countryside sólo me sale “qué bonito”. Suecia es un vergel de árboles y lagos, campos verdes y con pinta de blanditos por todas partes.

Buena ciudad, nos ha dicho el taxista turco de origen caucásico (Basque comes from Caucasian languages, ha comentado) cuando se ha enterado de que no veníamos de turistas -no hablo en yo mayestático, es que Rosa me ha ido a buscar humanitariamente a la estación-, sino para quedarnos hasta junio. Y lo es. Estocolmo es tan bonito que parece de mentira, con sus guardias reales de uniforme brillante y cara de estar hasta los huevos, sus zonas palaciegas (muchas zonas palaciegas) más vacías que un escenario de Resident Evil, su agua limpia, sus rubias teñidas de morenas y demás cosas inimaginables.

A destacar: que eso de que los suecos son fríos es, hasta el momento, una mentira muy gorda. Porque sueco al que hemos preguntado por direcciones -y hemos preguntado muchas-, sueco que se ha pasado diez minutos dando indicaciones. Suecos de cincuenta años hablando inglés. Este sitio es la leche.

Me han pasado muchas cosas pero que pierden el sentido cuando te da por contarlas. Cuando pase las fotos de hoy al ordenador, podréis haceros una idea de la brutal primera impresión que me ha dado el sitio. Me da igual no tener residencia hasta el lunes. Ni dormir en la calle habría podido ser malo aquí.