Choque Lácteo Cultural

12 08 2007

Ir al supermercado en Estocolmo significa, además de ejercicio, enfrentarse a siete tipos de mantequilla y unos diez de leche. En las zonas de refrigerados -y en los kioscos (Pressbyrån)- de esta civilización amante de los lácteos, encontramos, sin que nada de lo escrito nos ayude a decidir, cartones de yogur junto a la leche a la que los mediterráneos estamos acostumbrados (Fetthalt 1′5%) y a un engendro lactoso en cuya superficie pone Fetthalt 3%, que nosotros podríamos pensar que es leche entera. Pero no.

Previsora yo, compré dos monstruosidades de Fetthalt 3% en lugar de una y, pobre urbanita, observé cómo algo en nada parecido a la leche bajaba a trompicones desde el brick hasta la taza. El cartón rojo de Mjölk Fetthalt 3% contiene una pasta cortada de grumos blanquecinos que, por lo que una de las suecas (que no es sueca, sino serbia teñida de rubio) me ha dicho, tal vez pueda usar para hacer algún pastel.

A medida que aumentan mis incursiones al supermercado de mi barrio (dícese del área cubierta de árboles con bicis y edificios civilizados de vez en cuando) voy acostumbrándome a la realidad de que, así como no hay parto sin dolor, no hay mantequilla sin sal o, al menos, nada en la lengua indígena que lo indique expresamente. Y desayunar tostadas saladas es una de las experiencias más desagradables que he tenido en todas estas mañanas, aparte de levantarme de mi cama de gomaespuma.