Mientras se me hace el arroz (hoy he tenido día casero con albóndigas estilo abuela incluidas), he decidido tomarme en serio el asunto del blog y escribir un poco sobre mi semana.
Como venía explicando desde hacía tiempo, la vida en mi korridor llegó a un nivel de desastre difícilmente superable, pero la llegada de la francesa -que finalmente no es vasca, sino que vive justo al otro lado de la frontera- provocó multitud de sentimientos amistosos que desembocaron en una cena de pasillo en la que cada uno cocinó algo típico. En mi caso fueron las torrijas, aprovechando el momento carnavalesco, recibidas con jolgorio general y votadas como mejor plato. Esto ha hecho que el ambiente entre los vecinos esté menos caldeado (exceptuando al brasas del iraní, al que he decidido hacerle el vacío lo que me queda de vida en común con él) y que, en general, el simple acto de cocinar sea soportable.
Ese mismo lunes terminé con mi pesadilla, conocida como Old English, en un examen de tres horas y media que me salió bastante mejor de lo que me había parecido en un principio. Desbordada por la situación de felicidad, tomé la decisión de organizar una fiesta de carnaval en mi korridor, con eso de que los de Kungshamra estamos bastante marginados del centro fiestil, y también porque aún ignoraba los efectos que una korridor party puede tener en tu cocina y/o habitación. Dicho evento tuvo lugar el viernes, atrajo a alrededor de unas 50 personas y recibió felicitaciones por la música, la sangría y las torrijas (otra vez). También me dejó la habitación hecha un cristo, pero desde entonces paso las horas muertas convenciéndome de que mereció la pena.
A lo largo de esta semana, en la que acudí a más fiestas que tampoco tiene mucho sentido que describa aquí, han tomado forma dos grandes planes para marzo. El primero, atado y reservado, son cinco días con ocho amigos en una cabaña perdida en la nada norteña de Suecia, Laponia, para montar en el clásico trineo de perros (según ciertas personas, algo que todo el mundo debería hacer antes de morir) y en motos de nieve, y si Dios se porta, ver la aurora boreal. [Introducir aquí comentarios de envidia] El segundo era, hasta el sábado, un tour de tropecientasmil horas en bus hasta San Petersburgo y Moscú, apetecible y bohemio y demás (imaginemos himno ruso con Kremlin de fondo), pero por la nada desdeñable cifra de 500 papeles que mis amados padres agradecerán no pagar. Este viaje, que gran parte de la población erasmus decidió hacer el semestre pasado, ha perdido fuerza frente a la oferta de vuelos a Berlín por 8 euros, objetivo no menos interesante y absurdamente barato que discutiremos en un futuro cercano.
Así que entre viajes, asignaturas interesantes, noches cada vez más tardías y mi decisión de empezar a cocinar en condiciones, el mes que me espera lo tiene fácil para superar el desastre de enero. Veremos como va saliendo.



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