Hacer la colada es el coñazo más vil e infame que se te pueda ocurrir. Aprovecho la ocasión para adelantar la moraleja de esta historia a todos los jóvenes aún no emancipados (99%): una lavadora dentro de casa es el mejor amigo que jamás tendréis.
Las habitaciones para estudiantes -y los apartamentos de las películas americanas- carecen del instrumental necesario para vestir ropa aceptablemente limpia todos los días del año. El día L (de Lavandería para hispánicos y Laundry para angloparlantes y Commonwealth en general) o T (de Tvättstuga, que suena de pena, por cierto) tiene lugar cuando en el cajón clave sólo quedan las bragas de emergencia y los calcetines de pelo de guanaco que compraste en la puerta del Corte Inglés (ese material que encoge y pica una barbaridad). En ese momento te das cuenta de que no puedes rehuir al destino ni un día más, y bolsa de ikea en mano, te encaminas al edificio subterráneo con una farola siniestra a un lado: un edificio que confirma todos esos mitos cinematográficos de asesinatos en lavanderías (de los cuales yo no tenía la más mínima idea hasta los oportunos comentarios de cierta gente -”¿A la lavandería? ¿De noche? ¿No te acojonas viva?”-).
Pueden ocurrir dos cosas: A) que hayas sido lo suficientemente previsor como para haber reservado dos horas de uso y disfrute semana y media antes, o B) que, siendo idiota como eres, no hayas aprendido la lección a estas horas de la película. En el habitual caso B, habrá que recurrir a cálculos, trigonometría, vectores e integrales (no se me ocurren más palabras matemáticas… espera, sí: logaritmos) para elegir la máquina en uso a la que le queden menos minutos de trabajo, tras cuya intervención podrás incrustar tus 29-38 minutos de lavadora, dependiendo de la carga y de la temperatura que elijas -siempre de forma aleatoria-, mientras el legítimo usuario pone a secar su ropa en la misma máquina en la que más adelante te meterás tú, haciendo uso de tus abundantes reservas de morro. Todo este proceso puede parecer una risueña y caótica escena con música de Benny Hill de fondo, pero no: se trata de una noche larga y tediosa, que consta de un mínimo de seis viajes, tres de ida y tres de vuelta, si has conseguido que las toallas se te sequen a la primera. Este acontecimiento tiene lugar con una fecuencia media entre las nevadas en Bilbao y los juegos olímpicos, más o menos.
Meses y meses de sudor y sangre -y momentos de acojono, como cuando un gato se asomó a la ventana de la lavandería muy lentamente-, amistades entrañables -un tío que estudiaba dirección de orquesta, ni más ni menos- y lecturas nocturnas me han otorgado cierto vínculo inquebrantable con las máquinas. Hoy me he sentido the Chosen One mínimo cuando, justo al llegar, la secadora se ha puesto a pegar pitidos como diciéndome “Hola, justo estaba acabando”. Es como esos zoólogos que, tras años despiojando gorilas y comiendo termitas en el corazón de la selva, son finalmente aceptados en la manada y consiguen entender y ser entendidos. Como decía, este momento de comunión con la Máquina (acompañado del éxtasis de la ropa caliente y limpia) me ha inspirado para escribir sobre el apasionante mundo del día L, un tema tan complejo y lleno de matices que este artículo no le hace justicia.
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