Inesita Inés se me ha ido. Y mientras intento hacerme a la idea de que es cierto, de que por mucho que grite bajo su ventana ya no se va a asomar, de que ya no va a echarme la bronca por irme a Kungshamra a dormir, me pregunto qué coño voy a hacer ahora sin ella cerca.
Me han quedado mil cosas sin decir y sin hacer; ha quedado pendiente ese día en el que iba a llenarle el ordenador de música, pendiente la noche para ver The Rocky Horror Picture Show, pendiente la tarde en la playa de Thorildsplan. Y a pesar de ello, intento hacer hueco para todos los instantes que sí hemos vivido, para que se queden quietos y dejen de emborronarse en mi cabeza. Ahí queda Kiruna. Gritando como locas a 100 por hora sobre un lago helado, los abetos como única referencia. Las noches de silencio absoluto a pocos kilómetros del círculo polar, la aurora boreal grabada a fuego en la memoria.
Medborgarplatsen, Södra Teatern, Debaser, Gula Villan. Las paredes de nuestra casa amarilla (nuestra, sólo nuestra, para siempre nuestra) impregnadas de nosotros. Las vueltas a casa berreando, saltando, bailando, todos esos recuerdos que nada significan para nadie excepto nosotros. Las vueltas a la casa que no era mía y sí lo era. Los cafés y las horas y horas de escucha paciente, de risa estúpida, de silencio. Inés ha vuelto a Madrid y ha dejado su sitio vacío, sin que nadie pueda sustituirla. Sólo espero que quien ocupe su cuarto sea la mitad de bueno que ella. Por respeto a esos 20 metros cuadrados.
Asturias, Madrid, Bilbao, Galicia, mil sitios nos esperan. But I’m gonna miss you, chiquita.



Comentarios recientes