Lussekatter

22 11 2007

Llegó lo inevitable. Y la revelación me ha llegado a través de un bollo.

Tras salir de clase con una de mis compañeras suecas y mientras nos acercábamos al Pressbyrån de la uni, ya se podía oler que algo no era normal. Una de las primeras ideas que se agarran a nuestra memoria colectiva como suecos de adopción es el hecho de que siempre que entres a un Pressbyrån, olerá a Kanelbulle -pastel con un contenido tan alto de canela que hasta cuesta tragar, y que por razones que desconozco gusta a todo el mundo menos a mí. Con lo que aburre la canela.-. Pero hoy era diferente. Había acabado el “¿No hueles a…” de Helena con un “…Kanelbulle?” cuando yo misma me di cuenta de que no era cierto. Los Lussekatter ha llegado a la ciudad: unos bollos con pasas cuya gracia consiste en que están hechos con azafrán y que sólo se comen en Navidad.

Si ya me creía libre de todo tipo de dependencia (el chocolate aquí no es lo que más abunda), ahora la cuestión está por verse. Este bollo amarillo chillón por dentro y con forma de S, además de que está muy bueno, me ha hecho comprender que no podría haber huido durante mucho más tiempo. Me libré de las bombillas navideñas colocadas en Bilbao a finales de octubre, pero el tiempo pasa volando y Santa Lucía está a la vuelta de la esquina. Todos hemos visto esos dibujillos de navidades nevadas en los que niñas de blanco llevan coronas de velas. Lo que no sabía es que también hacían bollos. Y es que no hay nada como hablar con un sueco para enterarte de cosas suecas. Parece una afirmación obvia, pero no lo es tanto.

Últimamente, las circunstancias me han llevado por caminos hasta hace poco inescrutables. Tras mis famosos intentos fallidos de integración cultural (los cursos de sueco y el programa de mentores que me asignó a un listo que se había apuntado por los créditos y al cual he visto media hora en tres meses), sin querer he pasado más tiempo con la gente de aquí, cosa nada fácil. El agujero negro erasmus te absorbe en un bucle de fiestas y viajes en ferry con tax-free shops y te olvidas de que en realidad estás a tomar por saco en una sociedad que no habla tu idioma y que, aún peor, produce unos sonidos que tu garganta no puede ni imaginar.

Tal vez sea cierto que los suecos son gente sosa. Pero tienen su gracia dentro de la sosez general. Entre otras cosas, se abrazan en lugar de darse dos besos, algo que bien pensado es incluso más íntimo y amistoso que los dos movimientos de cabeza de rigor en los que puede que ni te toques con la otra persona (y ni falta que hace a veces). Si me he encontrado con las excepciones ya no lo sé, pero lo que he podido comprobar es que el sueco de a pie -no hablo de los pijos, que tristemente abundan en esta ciudad- pasa el rato con sus amigos haciendo bromas alrededor de unas cuantas cervezas, unos cafés o cualquier cosa que mantenga las manos ocupadas. Y si alguien de fuera (Ej: yo) se sienta con ellos, se tomarán la molestia de hablar en su inglés cien veces mejor que el nuestro, aun incluso si yo no estoy a todas las conversaciones. Tienen la sana costumbre de reírse de ellos mismos de vez en cuando y de hablar sobre sus tradiciones como si de pintorescas e incomprensibles costumbres nórdicas se tratara.

Mientras llega la imparable ola de bombillas, langostinos, villancicos, Papás Noel bailarines y horteradas varias, me pregunto si seguir en este plan autóctono me ayudará a suavizar el golpe. Llegar a entender algo del lugar en el que vives, aunque sea a través de algo tan visual y específico como sus costumbres navideñas, es al menos tranquilizador. Pienso someter a mi cerebro a presiones bestiales hasta que pueda hablar sueco de una vez, pero eso será el año que viene. De momento sólo quiero aprender a hacer lussekatter.





Nieve

3 11 2007

Hoy, cuatro horas después de la llegada del 3 de noviembre, ha nevado tanto que ha acabado cuajando en menos de dos horas. Ahora mismo me siento como una niña, y todos los que se han quedado a cuadros con el paisaje también. Es lo único que puedo decir tras la brutal guerra de bolas de nieve que hemos tenido en el campus. Esto no es normal. No me quiero imaginar lo que va a ser a partir de ahora.





Momentos Profundos

1 11 2007

Hoy toca un poco de divagación egocéntrica. Se siente.

Este año, a 1 de noviembre y cuando todos los que conozco (excepto los que estudian en Mondragón… jo, jo) están de fiesta y/o visitando tumbas, es el primero en el que no voy a ir al cementerio a ver a la familia, tanto la viva como la difunta. Supongo que es una tontería, pero así como la Navidad dejó de ser intocable para mí hace algunos años, el día de Todos los Santos es algo que se mantiene igual pase lo que pase, y tal vez uno de los días más felices del año. No por otra razón que por el hecho de que siempre está ahí, repetido noviembre tras noviembre con el mismo patrón; el mismo pueblo con más casas, el mismo cementerio con más nichos, la misma gente con más canas. El 1 de noviembre siempre espera paciente todo el año, para suceder al anterior, y al otro, y al otro.

Cortar el ciclo de tantos años de rutina, como en su momento me pasó con la Navidad, me ha hecho pensar en lo que está siendo mi año aquí y lo que será mi vida cuando vuelva. Me dijeron que no tuviera prisa, que aprovechara cada día, que me centrara en la gente de aquí, en todo lo que mi memoria pudiera absorber para, en un futuro, guardar la experiencia erasmus como uno de los mejores años de mi vida. La cuestión es que de vez en cuando no puedo evitar echar eso de menos; no tanto a alguien en concreto como la seguridad de salir a la calle y poder ver a cualquiera de los que ahora están lejos, o tener mis cómics al alcance de la mano, mi piano, mis bares esperando. Mi rutina, esa cosa tan odiada.

Cuando descubrí hace un par de meses las cantidades de lectura que puedo engullir dejando aun así bastante tiempo libre, decidí que en cuanto volviera a Bilbao me pondría a trabajar. Quiero ganar dinero, sentirme útil y tener la posibilidad de irme de casa -ya sé que eso no se puede, ya dije que estoy divagando-. Y todo eso implica que la vida en casa como la conocía se acabó el día que cogí el avión a Estocolmo. Supongo que parte de estas becas en el extranjero es aprender a depender de ti mismo para alimentarte, enfrentarte a la burocracia solo, apuntar tu nombre en la lista de la lavandería porque amatxu ya no está para hacerte la colada. Y, por qué no, también perderle el miedo a moverte; no sólo de casa, sino a otro país. Hasta llegar aquí, trabajar en el extranjero me había parecido impensable. Ahora es algo más que posible (aquí es cuando mi madre se tira de los pelos).

Por razones evidentes, tampoco he llegado a la vida real, al fin y al cabo el dinero no es mío. Pero todo esto ya supone un alto grado de emancipación -en mi caso-, y aunque volver a casa el año que viene no será, lógicamente, un segundo año erasmus, tampoco será como si nunca me hubiera ido. Y eso da un poco de miedo.

Cuando entré en la universidad no podía imaginarme cómo sería todo esto. Dos años después de empezar lo que se suponía que serían los mejores años de mi vida, aquí estoy, con tres meses de libertad consumidos y empezando a aceptar el hecho de que la gran mayoría de los que se han convertido en mis amigos se van a ir en enero, para no volver. Siempre quedan las visitas, pero quién sabe si eso ocurre al final. Es raro empezar a pensar en despedidas, pero qué mejor día que hoy. Ya dijimos adiós al sol hace unas semanas.





Oslo

30 10 2007

Viajar era lo único que quería hacer cuando decidí irme de Erasmus, pero una vez ya establecido, las fuerzas que te mantienen pegado a tu núcleo de actividad (universidad, resi, etc), la rutina y la falta de fondos hacen que tu objetivo se vea bastante más lejano. Por eso cuando un plan de coger un barco a Riga no salió bien, los pocos que quedábamos en pie y con ganas de movernos (Carlos, Matthias, Kike y yo) decidimos salir del país a toda costa. Finalmente, Oslo fue la elegida.

Un autobús nocturno y sus incómodas butacas reclinables nos sirvieron de transporte hasta la capital noruega, a la que llegamos alrededor de las 6 de la mañana. Con el sol aún escondido, nos encaminamos a lo que suponíamos era el centro de la ciudad, tras vagabundear por las afueras y el puerto. La oficina de turismo nos proveyó de mapas suficientes para empezar a dar vueltas sin ningún orden concreto por las calles semivacías de un sábado por la mañana. Patearnos puerto, fortaleza, palacio real, parques, museos y demás historias no parecía tarea fácil en las 17 horas que teníamos. Pero lo hicimos, y salió mejor que bien.

En Oslo se mezcla el ambiente algo triste pero acogedor de una ciudad portuaria que recibe frecuentes lluvias y no tan frecuente sol. La capital noruega es un claro ejemplo de la poca necesidad que tienen sus gentes de introducirse en la zona euro. A pesar de sus precios dolorosamente altos (10 euros el menú en McDonald’s), no inspira ni de lejos una sensación de pijismo tan fuerte como en Estocolmo. La mezcla racial está increíblemente desarrollada, y da la impresión de que nadie está tan preocupado por la imagen, a diferencia de todos los suecos que se miran en los cristales del metro.

Todo el mundo me había dicho que Oslo era horrible. Si lo comparas con la capital sueca y sus canales, barquitos y centenares de palacios, puede que te ciegues a la verdadera belleza de Oslo, que más que en la arquitectura, se nota en el aire. Es algo tan subjetivo que no puedo justificar nada más allá de lo tangible. Sólo diré que ha merecido las largas horas de carretera, y que sólo me queda una única espina: en el museo Munch no estaban ni El Grito ni la Madonna. Si tengo que volver sólo por eso, lo haré.





Det är min

17 10 2007

Llevar viviendo en Suecia más de dos meses a día de hoy no es sinónimo de haber aprendido el idioma. Tras los dos intentos de integración lingüística (las tres semanas de sueco intensivo y el curso de la uni que empezó con 300 alumnos y acabó con unos 100), puedo afirmar libremente que hablar sueco es imposible. Ya comenté que la pronunciación es de una aleatoriedad terrible, pero además es que los suecos no hablan: cantan. Y tratar de imitar el soniquete no garantiza ningún éxito, aparte de en el desarrollo de un profundo sentido del ridículo.

Pues bien, tras estos dos meses de impermeabilidad idiomática, hoy he vivido mi primer momento genuinamente sueco. Situación: salida del supermercado, a la hora (ibérica) de comer. Había dado un billete de 20 coronas para pagar mi barra de pan -untar es una de esas pequeñas cosas a las que me aferro para no olvidar mis raíces-. La señora cajera había mezclado mi barra con las cosas del tío que iba tras de mí, pero el billete seguía siendo mío, dato que ella ignoró, dando las vueltas a este hombre. Pensando que ella tiene razón, salgo por la puerta para, segundos después, darme cuenta de que se ha cometido una injusticia pues soy la legítima propietaria del euro y pico sobrante. El sueco sale por la puerta con mi cambio en la mano, y empieza a decir algo de “ett hundra”, que en su lengua vernácula significa “cien”, por lo que deduzco que habla de dinero. Tras un “sorry” infructuoso, el hombre sigue hablando en sueco, por lo que mi cerebro, trabajando al 200% de su capacidad, arranca tres palabras de un rincón en proceso de abandono:

-Det är min.

Si mi dedo señalando a su mano habría sido suficiente para que él me entendiera, incluso si él ya sabía que “eso era mío”, nunca lo sabré. Sólo sé que he podido usar una frase con su verbo conjugado y todo, y que me han entendido, lo que ha supuesto que un sueco sonriente me ha dado mi dinero y me he ido a casa contenta e integrada.





Kungshamra Hotnights

10 10 2007

El sábado pasado tuvimos la primera fiesta decente en Kungshamra. Decente llamo a todo aquello que se alarga hasta más tarde que el último metro y en lo que participa gran parte de la gente que conozco. Librarse de la hegemonía de Lappis no es fácil, sobre todo cuando la mayoría de tus amigos y allegados forman parte de ese gueto estudiantil a diez minutos de la universidad, cuyos habitantes (alrededor de 1500) no dependen de ningún medio de transporte para meterse en su propia y mullida cama. Por eso en los momentos bajos del sábado sólo necesitaba recordar que mi cuarto estaba a cien metros para volver a sonreir, no sin cierta maldad.

Lo bueno de organizar algo así y que salga bien es que, tal vez, los acomodados habitantes de Lappis pueden llegar a pensar que no está tan mal tener que coger un metro de vez en cuando y, por qué no, perder el de vuelta y patearse el arcén de la autopista durante media hora, actividad a la que los marginados del norte nos acostumbramos hace tiempo. Sin embargo, la verdadera razón por la que la fiesta mereció la pena fue descubrir que hay una sala común sobre el edificio de las oficinas, y dentro de esa sala común, un piano. Ya he pedido a mis padres que me manden las partituras, que había dejado apartadas en el montón de las cosas probablemente inútiles en mi año erasmus. Ver que incluso aquí puedo aislarme de vez en cuando y olvidarme de todo es parte de mi adaptación a mi nueva rutina, o así lo creo.

Aporrear un rato el piano -desafinado, pero entero al fin y al cabo-, comer pasta a las cinco de la mañana y cruzarse el bosque de Kungshamra para ver amanecer junto al lago fueron los bonus de la noche, que no habría podido tener si hubiera dependido de esas estupendas frecuencias de los trenes de Estocolmo. Así que, definitivamente, espero que no sea la primera y última vez que la montaña viene a Mahoma.

(Aprovecho para saludar a las madres que siguen mis aventuras, si es cierto lo que sus hijos me cuentan.)





Södermalm

23 09 2007

Mi vida de estudiante erasmus, pasada una corta temporada de novedad, comenzó a limitarse geográficamente entre la universidad, el supermercado y la residencia. La rutina se vició y hace tiempo que empecé a hartarme de no ver sitios nuevos, sobre todo porque las fiestas erasmus están bien, pero no para todas y cada una de las noches. De vez en cuando conseguía salir al centro menos caro de la ciudad y ver bares nuevos, aunque algunos de ellos tienen un límite de edad bastante ridículo causado, creo, por ciertas leyes suecas que intentan limitar cutremente el consumo de alcohol. Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

La cuestión es que, por fin, visité en condiciones la isla al sur de la ciudad. Södermalm es conocido como la zona bohemia, aunque ese nombre se ha quedado anticuado y ahora podríamos ponerle las etiquetas de alternativa, indie y demás adjetivo que sugiera cierta ruptura con lo convencional, aunque ahora es lo que está de moda. Södermalm alberga tiendas de ropa de segunda mano a precios de diseño (200 euros) con música de djs en vivo, papeleras convertidas en piezas de museo, decenas de galerías de arte y tiendas de antigüedades y vinilos, bares de todo tipo -uno completamente dedicado al personaje de Hello Kitty, otro que celebra una fiesta mensual cuya fecha nadie conoce- y, en general, cualquier comercio que no encontraríamos en el centro de la ciudad, lo que no significa precios más bajos. La originalidad y lo “indie” se cobran bien, y tal vez sea eso la única queja que tengo del sitio. De hecho, sé que voy a visitarlo con bastante frecuencia, pues ya le he echado el ojo a alguna cosa por ahí.

Por las noches, Södermalm ofrece el término medio entre pagar una burrada por un cubata (que no es cubata ni es nada, sino vaso cutre llenado con dosificador) y quedarse en casa. Conclusión: el joven sueco de a pie encuentra en esta zona todo lo que necesita, ya sea pantalones pitillo, lámparas de los 60 o conciertos diarios de grupos casi desconocidos, pues toda la producción “rompedora” se concentra en esta isla, aun cuando lo alternativo lleva años comercializado. Y si te cansa tanto diseño y originalidad, siempre puedes subir una cuesta brutal y sentarte ante la mejor vista de toda la ciudad y el mar que la rodea.





Me Cago en los ECTS

15 09 2007

Como bien temían algunas personas, la vida erasmus es la vida mejor para el norteño que viaja hacia el mediterráneo y alrededores, pero no al revés. Esta semana y media de silencio bloguil han sido un intento desesperado por ponerme en serio y adelantar trabajo de la uni, pero es imposible. El mínimo de tres libros semanales que tengo que leer en dos de mis cuatro asignaturas es suficiente para impedirme pensar siquiera en la posibilidad de leerme los de la semana que viene, sólo para poder tener un maldito finde libre e irme a Tallin, Oslo o lo que caiga.

El día que fui a elegir las asignaturas con mi rubia coordinadora, tenía la opción de dar un curso tocho de lingüística, el cual junto con el curso de sueco, el obligatorio de literatura y el opcional me daría créditos suficientes para salir del paso como estudiante a tiempo completo. Mi motivación con las asignaturas era tal que yo quería dar dos opcionales, y le expresé mi intención de ignorar el sistema educativo y meterme en una más de la debida. Que no, que va a ser muy duro, me decía. Y yo, radiante de energía y ganas de currar, que sí. Instantes más tarde, la revelación de que el curso de lingüística era obligatorio sólo para los suecos y de que mi DNI indica que no lo soy me movió a abandonar esa cosa inflada de créditos y coger dos opcionales, el obligatorio literario y el de sueco, lo que daba un total insuficiente pero admisible. Así que quí estoy, dando menos créditos de lo normal y cagándome en lo más barrido.

He de admitir que el único problema son los miles de hojas que hay que leer, ya que las asignaturas en sí no son muy difíciles, y aunque lo fueran, son mucho más interesantes de lo que esperaba. Power & Crime es un curso literario que estudia los elementos de (adivinad) el poder y el crimen en la literatura inglesa, desde los cuentos de Canterbury hasta el relato corto contemporáneo. La metodología que usamos la estudié en primero en Deusto, así que en cuanto a comentarios pedantes no hay quien me supere. El único problema es que nos obligan a reunirnos con un grupo una vez por semana para discutir sobre la lectura, lo que me hace decir muchas más chorradas de lo normal.

English Literature for Young Readers es como suena, una asignatura que alguno podría considerar para tontitos, pero que no lo es. Para esta, aunque es opcional, tenemos la misma profesora y eso significa grupos de discusión obligatorios. La diferencia: leemos a Lewis Carrol, Roald Dahl, C.S. Lewis y demás autores que escribieron para niños, lo que lo hace bastante interesante en el sentido de que nunca antes había visto estudios enfocados a la literatura infantil. Por último, quiero expresar mi total desesperación con respecto a Old English, fase del inglés tiempo atrás comprensible pero que ahora suena a sueco antiguo (y casi lo es) y cuyas reglas gramaticales y demás múltiples dificultades tenemos que estudiar por nuestra cuenta, acumulando dudas para las dos horas de clase que tenemos a la semana. Si es o no un buen sistema, aún no lo sé, pero yo no acabo de verlo.

He de decir algo en favor de las clases aquí (que en realidad son lo de menos, porque el trabajo es un 90% personal), y es que, por primera vez desde que entré en la universidad, la gente puede levantar la mano, comentar y discutir sobre literatura -que parece lo lógico, pero no lo es tanto- sin que le miren con cara de “y éste a donde va”. Entre esto y mis clases de inglés antiguo a lo Tolkien, me siento de vuelta a los tiempos en los que ir a la universidad significaba algo.





Erasmus Party II

6 09 2007

El paso del tiempo va desvelando ciertas caras de la gente que pueden no gustarte en absoluto. Mi predisposición al diálogo en cualquier lugar y con cualquier sujeto ha sido malinterpretada alguna vez como una actitud ligera de cascos, por decirlo de alguna manera. Me costó un par de días dejar de echarme la culpa a mí misma y llegar a la conclusión de que, efectivamente, la gente viene aquí a follar más que a establecer enriquecedoras relaciones internacionales. Que no digo que no esté bien dedicarse al sano ejercicio de tirarte a alguien todos los días -con posibilidad de poner chinchetas en la ciudad de origen correspondiente para jolgorio general y propio-, pero en mi caso no es a lo que he venido.

Las fiestas erasmus son lo que son; por algo los camareros de Allhuset reparten condones por la barra cuando el ambiente está lo suficientemente caldeado y antes de la irrisoria hora de cierre (1:00 AM). Pero molesta bastante saber que, por muy interesantes que te parezcan, las conversaciones que mantienes con el sexo opuesto son consideradas por un 99% de la población estudiantil como el movimiento previo a llevarte al huerto. Tal vez no sé distinguir entre situaciones y en realidad es totalmente lógico que, cuando se enteran de que tengo novio, los miembros del sexo opuesto me releguen al campo de las horas diurnas; pero sigue haciéndome gracia (insana) comprobar en las fiestas que, si les das la opción de irse para buscar a una libre, se van.

Mi estado civil se ha convertido en una criba muy útil con respecto a la selección de mi círculo social, aunque estoy muy lejos de convertirme en una energúmena antihombres y quemasostenes. Aún queda la incógnita de los que, aun sabiendo que no pueden llegar a más conmigo, siguen dándome coba para ver si caigo, algo que probablemente contribuiría en gran medida a reforzar su autoestima. Mis hipótesis paranoicas se multiplican por momentos y temo que me impidan distinguir al tío que realmente merece la pena del baboso común. A pesar de todo, he comprobado mil y una veces que no puedo cambiar mi forma de ser, así que seguiré siendo igual de abierta con todos, quieran tirárseme o no, y lidiaré con las consecuencias como bien me permita mi escaso orgullo femenino.





La Cosa Nostra

29 08 2007

De un tiempo a esta parte he empezado a agradecer la existencia de pestillos en mi korridor. No por temor a ladrones ni psicópatas -la residencia está tan lejos que probablemente a esa gente le da hasta pereza pillar el metro hasta aquí- sino a mis vecinos. Lo digo en plural neutro porque no sé quién de todos me está puteando.

Kungshamra es una anarquía en todos los sentidos posibles. No he visto ni una sola figura de poder en el mes que llevo viviendo aquí. Las personas se ayudan, se saludan y conviven sin matarse entre ellas, y evidentemente nadie hace nada raro porque sería mal visto por el resto del sistema. Pero creo que he descubierto el vórtice del poder, la madre del cordero, el quid de la cuestión. Y todo se origina en la cocina.

El día que llegué a Kungshamra, mi korridor daba pena. Compré en el super algún utensilio de limpieza e hice todo lo que estuvo en mi mano por otorgarle un poco de dignidad al sitio, aunque en vano, porque estaba realmente ponzoñoso. Dos días después mi esponja desapareció y mi vecina serbia, como ya dije anteriormente, me notificó que en verano la limpieza no era una prioridad. Por lo visto ahora es tan importante como para putear a la gente que no pasa mucho por las zonas comunes (es decir, yo).

La semana pasada desapareció uno de mis platos de ikea. No habría comprado cosas así si no hubiera visto que aún queda algo de individualismo en la cocina y hay algunos platos que simplemente no usas porque son demasiado bonitos para ser comunes. Así que me compré tres platos, los cuales un día aparecieron amablemente en mi propio armario tras llevar una temporada en el otro con los demás, cosa que a mí no me importaba en absoluto.

Los chinos del pasillo son como paredes a la hora de recopilar información, pero creo que soy la única a la que le han colocado platos, sartenes y vasos enguarrados en el armario. Vale que algunos de ellos sí eran míos, pero una sartén con aceite no es nada comparada con la montaña de basura que te da la bienvenida cada vez que abres la puerta. Y dudo que cualquiera de las culturas que conviven aquí considere un corazón podrido de manzana parte del instrumental de cocina. Aparte de que yo no como manzanas.

Así que anoche llegué a casa y me dio un vuelco el corazón al no ver la basura allí. Sólo tres baldes con su nombre respectivo para el reciclaje armonioso y diligente. Y esta mañana ha desaparecido el segundo plato. Si lo hacen cada vez que hay limpieza general y no aparezco, no lo sé. Si lo hacen porque a su perro (sí, hay un perro llamado Smeagol rondando todos los días) le cae mejor una servidora que su dueño, o porque les jode que nunca vaya a sus fiestas (siempre tengo algo que hacer, es el problema), tampoco lo sé.

Llevo toda la mañana en tensión intentando escuchar puertas que se abren para abordar a la serbia, que parece ser la que corta el bacalao, y aquí no aparece nadie. No sé cómo acabará esta especie de cluedo estudiantil, pero confío en que sea una cadena de coincidencias. Porque los platos de ikea son baratos, pero más que eso es una cuestión de orgullo.