Llegó lo inevitable. Y la revelación me ha llegado a través de un bollo.
Tras salir de clase con una de mis compañeras suecas y mientras nos acercábamos al Pressbyrån de la uni, ya se podía oler que algo no era normal. Una de las primeras ideas que se agarran a nuestra memoria colectiva como suecos de adopción es el hecho de que siempre que entres a un Pressbyrån, olerá a Kanelbulle -pastel con un contenido tan alto de canela que hasta cuesta tragar, y que por razones que desconozco gusta a todo el mundo menos a mí. Con lo que aburre la canela.-. Pero hoy era diferente. Había acabado el “¿No hueles a…” de Helena con un “…Kanelbulle?” cuando yo misma me di cuenta de que no era cierto. Los Lussekatter ha llegado a la ciudad: unos bollos con pasas cuya gracia consiste en que están hechos con azafrán y que sólo se comen en Navidad.
Si ya me creía libre de todo tipo de dependencia (el chocolate aquí no es lo que más abunda), ahora la cuestión está por verse. Este bollo amarillo chillón por dentro y con forma de S, además de que está muy bueno, me ha hecho comprender que no podría haber huido durante mucho más tiempo. Me libré de las bombillas navideñas colocadas en Bilbao a finales de octubre, pero el tiempo pasa volando y Santa Lucía está a la vuelta de la esquina. Todos hemos visto esos dibujillos de navidades nevadas en los que niñas de blanco llevan coronas de velas. Lo que no sabía es que también hacían bollos. Y es que no hay nada como hablar con un sueco para enterarte de cosas suecas. Parece una afirmación obvia, pero no lo es tanto.
Últimamente, las circunstancias me han llevado por caminos hasta hace poco inescrutables. Tras mis famosos intentos fallidos de integración cultural (los cursos de sueco y el programa de mentores que me asignó a un listo que se había apuntado por los créditos y al cual he visto media hora en tres meses), sin querer he pasado más tiempo con la gente de aquí, cosa nada fácil. El agujero negro erasmus te absorbe en un bucle de fiestas y viajes en ferry con tax-free shops y te olvidas de que en realidad estás a tomar por saco en una sociedad que no habla tu idioma y que, aún peor, produce unos sonidos que tu garganta no puede ni imaginar.
Tal vez sea cierto que los suecos son gente sosa. Pero tienen su gracia dentro de la sosez general. Entre otras cosas, se abrazan en lugar de darse dos besos, algo que bien pensado es incluso más íntimo y amistoso que los dos movimientos de cabeza de rigor en los que puede que ni te toques con la otra persona (y ni falta que hace a veces). Si me he encontrado con las excepciones ya no lo sé, pero lo que he podido comprobar es que el sueco de a pie -no hablo de los pijos, que tristemente abundan en esta ciudad- pasa el rato con sus amigos haciendo bromas alrededor de unas cuantas cervezas, unos cafés o cualquier cosa que mantenga las manos ocupadas. Y si alguien de fuera (Ej: yo) se sienta con ellos, se tomarán la molestia de hablar en su inglés cien veces mejor que el nuestro, aun incluso si yo no estoy a todas las conversaciones. Tienen la sana costumbre de reírse de ellos mismos de vez en cuando y de hablar sobre sus tradiciones como si de pintorescas e incomprensibles costumbres nórdicas se tratara.
Mientras llega la imparable ola de bombillas, langostinos, villancicos, Papás Noel bailarines y horteradas varias, me pregunto si seguir en este plan autóctono me ayudará a suavizar el golpe. Llegar a entender algo del lugar en el que vives, aunque sea a través de algo tan visual y específico como sus costumbres navideñas, es al menos tranquilizador. Pienso someter a mi cerebro a presiones bestiales hasta que pueda hablar sueco de una vez, pero eso será el año que viene. De momento sólo quiero aprender a hacer lussekatter.



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